La Ciencia Política en el campo de las Ciencias Sociales
Intentar una Epistemología de la Ciencia Política, constituye un ejercicio intelectual y teórico con una finalidad práctica destinada a permitir una comprensión del campo de conocimientos y el ámbito conceptual dentro del cual se mueve la Ciencia de lo Político, la Ciencia Política.

Desde esta perspectiva, la Ciencia Política opera al interior de las Ciencias Sociales modernas no como un “compartimento estanco” o como una “disciplina-islote”, en la que los Politólogos fijamos las reglas del juego científico y conceptual, y en la que permitiríamos a ciertos especialistas de otras disciplinas a venir a recorrer nuestro propio “jardín de las delicias”. No es así. La Ciencia Política opera al interior del vasto campo de las Ciencias Sociales como un “punto de cruce”, como una “encrucijada de convergencia”, donde se entrecruzan capas distintas, aportes diversos, contribuciones desde diferentes disciplinas, a fin de forjar una lectura de la realidad y de los imaginarios políticos.

Este es un aporte intelectual en esta dirección.

Manuel Luis Rodríguez U.  Cientista Político.

Punta Arenas – Magallanes, marzo de 2006.

LA PREHISTORIA DE LA CIENCIA POLITICA

Los inicios del estudio y la reflexión en torno a los fenómenos políticos se remonta a la Filosofía griega, a la Historia y al Derecho romano en la Antigüedad. Pero, al mismo tiempo, y también en Grecia, el pensamiento de lo político aparecerá en íntima asociación con el estudio de la Historia, entendido como conocimiento de los hechos objetivos ocurridos en el pasado.

El estudio de la Política nace así primeramente, como reflexión filosófica y a continuación, en Roma, se instala como una derivación de la concepción jurídica y del Derecho.

Así será a lo largo de toda la Edad Media: la política –como objeto del pensamiento y de la reflexión- aparecerá siempre sumergida dentro de la Filosofía, de la Teología, de la Historia y del Derecho.

El Renacimiento y las premisas de la Política modernaFue Maquiavelo el primero quién, a fines del siglo XV y principios del siglo XVI sienta los primeros fundamentos de una Ciencia de lo Político, al separar la política de la religión, de las creencias, de las supersticiones, y al establecer que la Historia sirve al estudio de la política, en la medida en que nos proporciona datos verídicos acerca de las instituciones y las conductas políticas del pasado.

Los pensadores políticos italianos del siglo XVI fijan entonces los primeros fundamentos teóricos de la disciplina política: crean el concepto de Estado, reflexionan sobre la Razón de Estado, comprenden las instituciones, sitúan las reglas jurídicas aplicadas en el campo político, utilizan comparativamente los hechos y las instituciones políticos del pasado para proyectar el conocimiento de la política del presente y proyectarlo hacia el futuro.

Fue la experiencia de los Estados absolutistas europeos de los siglos XVI y XVII la que dio un amplio impulso a la reflexión política acerca del poder, la soberanía, la autoridad, la monarquía de derecho divino y la relación entre la autoridad política y la autoridad religiosa, tópicos en los que los grandes autores como Hobbes, Montesquieu, Puffendorf, Spinoza, Locke y otros, intentaron fijar las grandes concepciones teóricas que predominarían en el imaginario político y jurídico del mundo occidental hasta la Revolución Francesa.

Durante la revolución de la independencia de los Estados Unidos (1776) y la Revolución Francesa (1789-1799), el pensamiento político experimentó el surgimiento de nuevos conceptos: la idea de nación, la idea de república, por contraposición a la monarquía, la noción de soberanía nacional y soberanía popular, la cuestión de la representación, el concepto de ciudadanía, son algunos de los aportes de estos dos grandes cambios políticos a la reflexión sobre la política.

Los siglos XVIII y XIX vieron surgir además, las grandes concepciones ideológicas y políticas que conocemos aun en el presente: el liberalismo, inspirado en Locke, Bentham, Montesquieu, Benjamin y otros; las diversas corrientes del socialismo y el marxismo, inspirado en Marx, Engels, Bernstein, Proudhon y los utopistas de los siglos anteriores; los nacionalismos y las ideas conservadoras surgieron de esta época también.

La Ciencia Política se constituye como ciencia plenamente solo a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, cuando en diversas naciones desarrolladas (Francia, Italia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos), se crean las primeras Escuelas de Ciencia Política y los curriculos universitarios separan definitivamente la formación de Filosofía y de Administración de la Ciencia Política y, al mismo tiempo, el estatuto científico de la disciplina se refuerza con la incorporación de metodologías de investigación científicas provenientes principalmente de la Sociología, de la Psicología, de la Antropología, la Etnografía y de la Historia.

Por lo tanto, lo que constituye a la Ciencia Política en una disciplina científica integral y autónoma son los siguientes requisitos:

  • que dispone de un marco teórico y conceptual que le permite intentar investigar, estudiar, analizar y comprender los fenómenos que son su objeto de estudio.
  • que ha definido su propio campo u objeto de estudio, en los hechos, los procesos, las ideas y las instituciones políticas.
  • que ha puesto en práctica métodos y técnicas propias que le permiten abordar su objeto de estudio para enriquecer el conocimiento científico propio y de las demás disciplinas de las Ciencias Sociales.

La Ciencia Políticaen el contexto de las Ciencias Sociales

Veamos en detalle esta noción de la Ciencia Política como punto focal desde las Ciencias Sociales. La Ciencia Política en efecto, se nutre actualmente de distintos aportes disciplinarios: la Historia, en primer lugar, constituye la base empírica de conocimientos y datos a partir de la cual podemos analizar los hechos políticos del pasado y del presente, toda vez que ella nos presenta la trayectoria de múltiples acontecimientos, produciendo tendencias que viniendo desde el pasado se prolongan hacia el presente.

La Psicología y en particular sus ramas derivadas, la Psicología Social y la Psicología Política -al mostrarnos que las conductas humanas no son solamente producto de la racionalidad- permiten comprender las subjetividades que determinan la conducta humana y los hechos políticos y aporta interesantes conceptos que permiten explicar los liderazgos, las conductas grupales, las reacciones violentas, las pasiones que operan en la realidad de los hechos políticos.

La Antropología por su parte, aporta a la Ciencia Política, visiones integrales acerca del desarrollo humano y en especial, nos ilustran acerca de las culturas, sus encuentros y desencuentros.
Del mismo modo, la Ciencia Política moderna necesita del conocimiento especializado que proporcionan el Derecho y las Ciencias de la Administración, para comprender las normas que rigen el funcionamiento de los sistemas políticos y administrativos.

Pero también hoy la Ciencia Política necesita de los aportes de las Ciencias de la Comunicación, en la medida en que asistimos a una creciente mediatización de la sociedad, de la cultura y de la propia política.

EL PUNTO FOCAL DE LA CIENCIA POLITICA

La Ciencia Política moderna trabaja, entre otros, sobre la base del desarrollo, reflexión e investigación en torno a cinco grandes ámbitos conceptuales, a saber:

Las instituciones políticas.
El poder en general y el poder político en particular.
Los procesos políticos.
Los actores políticos.
Las ideas, imaginarios y culturas políticas.

Cada uno de estos campos del saber politológico, se entrecruza con los demás, en la medida en que asumimos que la Ciencia Política se pretende una ciencia integral y compleja.

Las instituciones políticas (autoridades, Parlamentos, Gobiernos…) encuentran su punto focal, aunque no el único, en el Estado (llamada la institución de instituciones), pero al mismo tiempo, son el lugar de materialización del poder y de los procesos políticos (trayectorias, coyunturas, tendencias), los que a su vez, son generados por las acciones y prácticas de los actores políticos (ciudadanos, organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación, gremios y sindicatos, partidos políticos, autoridades…) los que son guiados generalmente por ciertas ideologías, programas y demandas, que denominamos las ideas políticas.

El objeto de la Ciencia Política por lo tanto, es el estudio de los fenómenos relacionados con el poder político, las instituciones, ideas, procesos y conductas políticas que tienen lugar en una sociedad determinada. Lo político en toda sociedad, es el ámbito donde se producen y reproducen relaciones de poder, es decir, relaciones de jerarquización, de orden y obediencia y donde se manifiestan los conflictos, las luchas de intereses a que el poder da lugar.

Relaciones de poder e instituciones políticasLo político es distinguible como objeto del conocimiento científico, precisamente porque se manifiesta en la realidad bajo dos formas: bajo la forma de relaciones de poder, relaciones que son siempre asimétricas, desiguales, caracterizadas por la desigualdad de intereses; y bajo la forma de instituciones, ese conjunto de normas, estructuras, modos de funcionamiento y cultura corporativa que asegura su permanencia en el tiempo. En este caso, hablamos de relaciones de poder, de carácter político (aunque no solamente) y de instituciones políticas que son aquellas formas organizacionales en las que se materializan esas relaciones de poder.

Lo esencial de lo político, lo que caracteriza a lo político y permite diferenciarlo como objeto de estudio para la Ciencia Política, es que esa actividad política tiene dos formas de manifestarse en la realidad: las relaciones de poder y las instituciones políticas.
Las relaciones de poder constituyen la esencia de lo político: todo en política se construye sobre la base de relaciones de poder, aquellas relaciones sociales, materiales y simbólicas a la vez, en las que se hace presente la asimetría básica de la dominación o de la hegemonía: siempre hay alguien que manda y otros que obedecen, siempre hay alguien que se sitúa en una posición dominante y habrán otros individuos que quedarán en una posición dominada o subordinada.

Esta asimetría constituye la realidad efectiva de la política y las relaciones políticas.

La asimetría de las relaciones poder -que es un hecho indiscutible en la realidad política- se manifiesta desde las relaciones entre dos militantes de un mismo partido, hasta las relaciones entre dos diferentes Estados en la escena internacional, dando forma a una jerarquización que muy frecuentemente refleja en el campo político, otras jerarquizaciones y diferenciaciones provenientes de la economía o de la vida social.

A su vez las instituciones políticas son el lugar de materialización, de cristalización de esas relaciones de poder, hasta el punto que han llegado a confundirse casi indisolublemente. Una institución no es más que una forma de organización, una estructura creada artificialmente por los seres humanos, en este caso por los miembros de una sociedad, para que organize y concrete visiblemente el ejercicio del poder político.

Toda la política moderna se articula en torno a instituciones. Todo el poder político tiende a institucionalizarse, es decir, a transformarse gradualmente y con mayor o menor velocidad en el tiempo, en una estructura organizada con normas y estilos de funcionamiento propios.

La Ciencia Política estudia las relaciones de poder y las instituciones políticas porque en ellas se concentra y se materializa lo principal de los hechos políticos que son su objeto de estudio y de conocimiento.

El saber politológicoLo que la Ciencia Política aprende y enseña, tiene de alguna manera un doble sentido y utilidad: por una parte, aporta una visión distinta de la realidad social, al incorporar el ingrediente político y de poder que puede encontrarse en todos los fenómenos sociales, económicos y culturales; y por otra parte, permite discernir las fuerzas, corrientes e intereses que se mueven –desde el ámbito político- hacia las dimensiones sociales, económicas y culturales de la sociedad.

Es necesario reconocer que la política impregna la totalidad del quehacer humano, aunque la Ciencia Política no pretende ser un conocimiento científico totalizador de la experiencia humana. Hay política en todos los fenómenos que ocurren en la sociedad (aunque no todos los fenómenos son políticos en sí mismos, ni mucho menos), no solo porque esos hechos contienen siempre una dimensión política ineludible, sino porque la política como actividad del poder y para el poder, interviene o tiene la capacidad de intervenir en esas otras dimensiones de la vida social.

De este modo, el saber politológico es definido epistemológicamente como un saber especializado, es decir, en primer lugar, porque hace referencia a una dimensión específica de la realidad social y utiliza conceptos y teorías propias para analizar y comprender ese aspecto de la realidad, y en segundo lugar, porque el conocimiento que aporta la Ciencia Política hace referencia a ciertos hechos que no siempre son observables.

En efecto, la Ciencia Política moderna se ve impulsada a conocer de hechos políticos que no solo pueden ser directamente observables (una huelga, una revuelta armada, un golpe de Estado) y que por lo tanto, pueden ser considerados como hechos empíricamente observables, sino también debe estudiar otras realidades políticas no directamente observables (una coyuntura política, el Estado), y para cuyo estudio debe construir sus propias categorías de análisis y métodos de estudio.

  1. LAS DIMENSIONES DEL PODER

Aproximaciones
a una definición realista del poder
Después de una prolongada crisis de sus fundamentos teóricos originados en la modernidad más reciente, la Ciencia Política no tiene hoy la pretensión absolutista de abarcar y resolver el conjunto de las definiciones e interrogantes que suscita el tema del poder, pero tiende a situar a éste en el centro de su búsqueda intelectual y científica.

El poder es una realidad inherente y necesaria a la sociedad humana y a su evolución histórica, de donde emana que se trata de una realidad extremadamente difícil de definir y precisar.

El poder es omnipresente en la sociedad.

No obstante que el poder se encuentra ampliamente diseminado en la sociedad y concentrado en el Estado, el poder en general y el poder político en particular solo puede ser entendido, partiendo de la constatación de la existencia de una situación en la que un individuo, grupo o institución tiene la voluntad y la capacidad real y potencial para decidir y provocar que otro individuo, grupo o institución realice, impida y/o modifique una acción.

El poder emana de toda diferencia imaginable entre los individuos del cuerpo social.

¿Cómo se puede describir el poder?
¿Qué factores son relevantes para el poder?

La ecuacion del poder

El poder es siempre una suma variable de informacion + recursos + fuerza.

Al intentar una descripción realista del poder, puede comprenderse que éste siempre contiene:
un componente de influencia, en cuanto quién se sitúa en la posición de poder, tiene la posibilidad de ejercer un cierto grado de control sobre las voluntades, las decisiones y las acciones de quienes están colocados en la posición subordinada;
un componente de hegemonía, en la medida en que quienes ocupan una posición de poder, fijan las normas que rigen al cuerpo social, y son respetados, obedecidos y reconocidos como tales por la propia voluntad de los demás, lo que se aproxima a la noción de legitimidad, aunque sin llegar a completarla; y
un componente de coerción o de fuerza, en tanto quienes están en la posición de poder o de dominación, poseen una capacidad real o potencial de obligar a los demás a ser obedecidos, de manera que la compulsión funciona como un impulso activante no sólo en la conciencia y la voluntad del que decide, sino sobretodo en la conciencia y en la esfera del subconsciente del que obedece.

Para una visión más objetiva, se enfocará primero la cuestión del poder desde una perspectiva sociológica.

El poder es una forma de relación social. En cuanto tal, supone siempre dos vertientes humanas: la de quienes lo ejercen, es decir, de quienes disponen –aunque sea transitoriamente- de la capacidad de ejercer una cierta autoridad para decidir, normar y hacerse obedecer; y la de quienes lo aceptan –o soportan- y que deben obedecerlo.

Cabe subrayar que el poder es una realidad inherente a todas las relaciones sociales humanas. El poder es una realidad omnipresente y que involucra y trasciende todas las relaciones sociales.
El poder siempre representa una posición en la sociedad. Esta afirmación parte de una constatación objetiva de la realidad política: los individuos se distribuyen al interior de la sociedad y de las instituciones políticas conforme a una jerarquización que refleja las posiciones de poder del que cada uno dispone.

De aquí emanan un conjunto de asimetrías que caracterizan al sistema político en una sociedad histórica cualquiera: la organización social y las instituciones políticas que de ella emanan, contienen posiciones distintas al interior de organizaciones institucionales y sistemas regulados de normas, de manera que las relaciones de poder se manifiestan y se desarrollan mediante una división cada vez más compleja del trabajo, las funciones y las atribuciones, y una jerarquización siempre asimétrica.

El poder es así, a la vez, una relación y un mecanismo, una situación y una capacidad.

Puede definirse al poder como una situación material y simbólica, en la que un individuo o una estructura tienen la capacidad y la habilidad de conseguir que otros hagan lo que ellos quieren.

El poder en general y el poder político en particular, constituyen el elemento fundante de la Política. Toda la acción y las estrategias, las fuerzas y las ideas, las prácticas y las retóricas, las dinámicas y los procesos que se desarrollan en el campo político, encuentran su elemento ordenador y constitutivo en el poder. De aquí emana que siempre, y en primera y última instancia, el problema político central es el problema del poder.

Desde el punto de vista del Derecho, resulta evidente que éste se realiza mediante el poder. Real y objetivamente, el Derecho exige fuerza para efectuarse, aún cuando haya que separar el poder necesario para realizar todo derecho, del poder coactivo, en virtud del cual el derecho se hace obligatorio, y que es lo que hace que el poder funcione al servicio del Derecho.

Esto no quiere decir que el problema del poder agote la problemática política, sino que subraya la centralidad de aquel en la constitución de los procesos, normas, valores e instituciones políticas.
Desde una perspectiva macro-sociológica, puede afirmarse que el poder político se encuentra diseminado de un modo asimétrico en la sociedad, y está concentrado –también de un modo desigual- en el aparato jurídico e institucional del Estado.

El poder –siempre desde una óptica sociológica- consiste en una red más o menos compleja y estructurada de relaciones, y cuyo contenido son ciertas capacidades e influencias, dirigidas a la realización o materialización de una idea y de ciertos intereses. El poder así, se radica en ciertas formas organizaciones, o instituciones, pero también aparece diseminado en toda la sociedad y posee ciertas dimensiones simbólicas que le dan pervivencia, dinámica y continuidad en el tiempo.

Desde el punto de vista de sus características, puede afirmarse que el poder desempeña las siguientes funciones:

en primer lugar debe subrayarse la existencia de una función de regulación social, en la medida en que debe imponerse y funcionar al interior de estructuras sociales desiguales y asimétricas;
existe además, una función de cohesión y ordenamiento social en tanto en cuanto, el poder político debe procurar asegurar la unidad básica de la sociedad dentro de la cual opera y se erige; y
finalmente, el poder posee en sí mismo una función coercitiva que supone su capacidad real, objetiva, material para obligar e imponer las decisiones y las normas emanadas de quien lo ejerce.

Contribuciones
para una Ciencia Política realista del poder

Después de examinar los contenidos del poder, se abordan ahora los elementos teóricos para una Ciencia Política del poder, siempre desde una óptica realista. Hasta aquí, si hemos analizado la cuestión del contenido esencial y las funciones del poder en la sociedad, ahora podemos abordar las dinámicas de su funcionamiento concreto en la esfera política.
Como se ha visto, desde el punto de vista de sus finalidades, el poder político consiste en una cierta capacidad de mandar y ser obedecido, con el objetivo de cumplir o realizar ciertos fines o ideas. Para realizar sus fines, el poder se concreta en ciertos mecanismos.

El poder y sus mecanismos.

El poder, en su manifestación más primaria, es invisible, es intangible. También lo es el poder político, la forma de poder que aquí nos interesa examinar y comprender, en tanto nadie ha tenido ante sus ojos al poder que lo domina y al que obedece, pero sí a algunas de sus manifestaciones instrumentales.

De esta afirmación inicial, podría derivarse la suposición de que el poder resultaría ser una creación puramente cultural o intelectual del ser humano, que emanaría de la necesidad básica de organización y de ordenamiento que subyace a la especie humana. Aún así, la instrumentalidad del poder vendría a radicarse en definitiva en ciertos órganos e instituciones cuya misión es ejercerlo, es materializarlo ante la sociedad.

El poder sólo deviene material, visible y tangible, a través de los órganos, instituciones, instrumentos, recursos e individuos que lo ejercen y aplican. Esto implica entonces que el poder sólo es perceptible o tangible a través de los instrumentos que lo materializan. La instrumentalidad del poder deviene así su propia materialidad concreta, objetiva, aún reconociendo que coexisten además, ciertas dimensiones simbólicas que le son inherentes.
De aquí deriva el hecho de que el poder y en particular el poder político se plasma en las sociedades y sistemas políticos contemporáneos a través de un conjunto de mecanismos –más o menos institucionalizados- que son puestos en funcionamiento, por medio de ciertas estructuras orgánicas sistémicas y reguladas. Ello pone de manifiesto una de las realidades más paradójicas del poder político moderno: el poder político, en cuanto poder en sí mismo, no es directamente visible o perceptible ante los seres humanos que lo experimentan, sino que sólo pueden percibirlo y constatar su existencia, a través de los mecanismos que lo realizan en la práctica social.

Tres son los mecanismos principales a través de los cuales se manifiesta el poder político:

las evaluaciones, estimaciones, cálculos y pronósticos que preceden racionalmente a la toma de decisiones, y en las que la información constituye el insumo más relevante y decisivo;
las decisiones que se adoptan, en el ejercicio de una determinada cuota voluntaria de poder, atribuciones y/o autoridad, aún entendiendo que dichas decisiones operan en la realidad como un proceso, es decir, como una secuencia tempo-espacial y orgánica de resoluciones adoptadas y orientadas a un fin; y
las acciones –generalmente de ciertos agentes políticos y públicos- que resultan de las decisiones, y que constituyen su implementación concreta.

Desde este punto de vista, en los sistemas políticos modernos y contemporáneos, la Política y el ejercicio del poder político en cualquiera de sus formas, es siempre cálculo, decisión y acción.

El problema de la legitimación puede ser abordado desde el punto de vista de los mecanismos funcionales del poder.
Según nuestro enfoque, la legiitimación del poder funciona en la medida en que intenta explicar el orden institucionalizado que gobierna, atribuyéndole validez cognoscitiva a sus significados objetivos. Esto significa que puede ser entendida la legitimación del poder como un mecanismo de justificación del orden establecido -que opera simultáneamente, tanto en la realidad política objetiva como en la conciencia (y en el subconsciente) de los ciudadanos- y que se dirige a atribuir dignidad normativa a sus exigencias prácticas.

La estructuras de acción del poder.

Aquí se entiende básicamente, que la estructura política en cuanto estructura de poder, se reproduce en y mediante una sucesión de prácticas situacionales organizadas por ella misma.
La acción del poder no se ejerce en el vacío, sino que tiende a concretarse en estructuras pre-existentes políticas, económicas, sociales y culturales, así como en las instituciones políticas propiamente tales: parlamentos, consejos, tribunales, servicios, los que tienen un asentamiento geográfico –e incluso propiamente geopolítico- y que responden a una trayectoria histórica propia y a roles específicos pre-establecidos.
El grado de estructuración interna y de conectividad externa que tienen los órganos de poder del Estado, se considera modernamente como un índice revelador de la modernidad y eficiencia del propio aparato estatal.
Cuando se examina el poder político desde el punto de vista de su estructuración, se puede percibir que éste tiende siempre a cristalizar en alguna forma de organización estructurada, en formas sistémicas, en última instancia en redes e instituciones.
Desde el punto de vista de su organicidad, el poder es una forma estructurada de toma de decisiones y de comunicación, en función de ciertos intereses.
Es necesario reconocer sin embargo, que el poder político en general, y el poder político del Estado en particular, aún cuando cristaliza –material y jurídicamente- en instituciones, en órganos institucionales, no se reduce a ellas. Cuando el poder político necesita de estructuras institucionales más eficaces, simplemente cambia sus formas de organización, para dar paso a nuevas estructuras más acordes con sus necesidades e intereses. Aquí, las instituciones son la forma organizacional históricamente determinada del Estado o de la Política, pero el poder es su contenido esencial.
El poder político en las sociedades modernas, se estructura en redes complejas de relaciones y nudos de decisiones, de formas de organización más o menos institucionalizadas. Así, el poder y el poder político en particular, adquiere consistencia y permanencia en la medida en que se radica y cristaliza en instituciones y redes de instituciones.
Las relaciones que se establecen respecto del poder político, se manifiestan en redes complejas de vínculos e interdependencias, mientras que las decisiones tienden a cristalizarse en ciertos nudos institucionales, que son formas organizadas e institucionalizadas con capacidad de ejercer sus propias cuotas de poder: los partidos políticos, las estructuras de gobierno y administración del Estado, los grupos de presión, las organizaciones sociales y culturales, los actores económicos.
Estos nudos decisionales, tienden a convertirse además en arenas, es decir, en espacios de consenso/ confrontación donde intervienen las distintas fuerzas y actores políticos del sistema.
El poder político moderno, encuentra su principal forma de estructuración y su principal arena de consenso/confrontación en el Estado.
El poder político en la sociedad moderna, cristaliza material y simbólicamente en el Estado, pero no solamente en él. Es necesario reconocer que el Estado dispone de la cuota más importante y decisiva de poder político, en tanto en cuanto dispone del uso de la fuerza legítima, de la capacidad de dictar las leyes y ejercer el Derecho, de la autoridad suprema para disponer, ordenar, prohibir y administrar sobre el conjunto de la sociedad, pero también otros actores-sujetos cuentan con un cierto poder político, como los partidos, las organizaciones de la sociedad civil, la propia ciudadanía en ciertas condiciones y circunstancias.

Las características fundamentales del poder del Estado, son las siguientes:

se trata de un poder originario, en el sentido de que emana de la propia existencia del Estado, siéndole inmanente;
es un poder autónomo, en cuanto no existe sobre él ningún otro poder superior o preeminente, tanto en el dominio, como en el imperio y la jurisdicción;

es un poder independiente y soberano, en cuanto ningún Estado ni poder exterior o internacional puede intervenir dentro de su ámbito de jurisdicción y dominio, sin grave menoscabo de la soberanía;

se trata de un poder coactivo, en tanto en cuanto dispone de la totalidad y el monopolio de la fuerza organizada;
es un poder centralizado, en la medida en que funciona mediante una estructura organizada que asegura la existencia, funcionamiento y continuidad de una unidad de dirección y mando, sobre todas las instituciones componentes del sistema estatal; y

se trata de un poder territorialmente delimitado, en tanto en cuanto sus atribuciones se ejercen sobre una porción claramente limitada por fronteras jurídicamente reconocidas e internacionalmente aceptadas.
En todas partes donde el poder emerge y se instala, construye en torno suyo y tiende a organizarse o estructurarse en una forma piramidal, según la cual unos pocos individuos adquieren o son dotados de una cierta autoridad (o poder formal) como consecuencia de su posición relativa dentro de un sistema de jerarquías, y donde el poder se disemina hacia diversos niveles subalternos o básicos de la estructura. El poder siempre se traduce y materializa en una pirámide jerárquica.

Las fuerzas e intereses de poder.

Pasemos ahora al tópico de las fuerzas e intereses de poder.
¿Qué hace que el poder y el poder político en particular, sean -a la vez- tan atractivos y tan repulsivos?
Probablemente sea necesaria una perspectiva realista y profundamente pragmática, para comprender que lo que mueve al poder y al poder político en especial, lo que explica su fuerza material y simbólica y su capacidad de atracción, es que siempre responde a un juego dinámico y contradictorio de intereses. La realidad del poder político es que siempre, en última instancia, son intereses puestos en juego y en tensión en la sociedad.
Los intereses en política son determinadas orientaciones establecidas en la conducta de los individuos, grupos, o instituciones (en cuanto actores políticos) que son titulares de una determinada posición de poder. Los intereses pueden abarcar desde las ambiciones humanas, las pasiones y propósitos individuales de los sujetos situados en las esferas de poder, hasta las grandes metas, objetivos y misiones que los grupos, instituciones y fuerzas son capaces de pretender.
Pero, en definitiva, los intereses siempre deben ser entendidos en términos de poder.

Por eso se afirma que en Política, quién no tiene poder, busca adquirirlo; y quién lo tiene, lo ejerce.
El juego del poder, la dinámica profunda que mueve al poder y desde el poder, consiste en los intereses materializados y entrecruzados por fuerzas en presencia y fuerzas en potencia, que operan simultáneamente dentro de arenas distintas e interconectadas.

Aún así, el poder no supone necesariamente confrontación, sino también puede motivar diálogos y consensos resultantes.

Esto significa que los actores sujetos, aún cuando existe una desigualdad básica entre ellos -los que mandan y los que obedecen- se someten a respetar y/o cumplir las normas dentro del orden político establecido, o se niegan a ello, colocándose en una posición de contestación, rechazo, desobediencia, protesta o resistencia.
Dos características subyacentes a la dinámica de fuerzas e intereses de poder: la asimetría básica que se manifiesta en las relaciones de poder, y la polaridad originada por el poder en su funcionamiento objetivo, concreto.

En la medida en que la realidad del poder político implica potencial y objetivamente un elemento de conflicto, se infiere que toda forma de poder contiene en sí misma alguna polaridad. Se trata de un principio de subordinación recíproca de determinaciones opuestas.

La polaridad implícita en el poder, se manifiesta precisamente en el juego de intereses y fuerzas que lo concretan, de manera que cada decisión y acción política siempre encuentra alguna forma de reacción o contra-acción, dando orígen a un ámbito de polaridad, en el que la oposición mutua que tiene lugar en las diferentes arenas constituye la dinámica real del proceso político.

La diversidad de formas de polaridad constituye la complejidad básica y determinante de la práctica política y del ejercicio del poder, haciendo que éste se despliegue partiendo desde un momento inicial formado por consensos básicos, se desarrolla a través de una trayectoria sinuosa de negociaciones, conflictos, mediaciones y consensos construídos, y desembocando en alguna nueva síntesis o situación terminal, donde también se combinan –de un nuevo modo- el consenso y el conflicto.

Aquí, la polaridad del poder se manifiesta en conflictos.
A su vez, el carácter reductible o irreductible de las polaridades ocasionadas por el poder, hacen referencia a una escala de gradaciones de intensidad de los conflictos. De este modo, la intensidad de las polaridades y conflictos políticos, depende de la naturaleza de los intereses y valores políticos en juego, y de las fuerzas reales y potenciales colocadas en las arenas, y de las estrategias desplegadas por los actores en presencia.

En general, se supone que el poder político, en cuanto disposición y voluntad de adoptar decisiones y de ejercer control e influencia, tiene su propia capacidad para controlar, disminuir, canalizar e institucionalizar las fuerzas e intereses contradictorios que operan en la realidad del escenario político, tendiendo siempre a disminuir las tensiones y la polaridad hasta niveles que no alteren la estabilidad y la continuidad del propio proceso político y del sistema.
Aún al interior de las polaridades que se originan en las fuerzas e intereses que lo mueven, el poder político tiende siempre hacia la estabilidad.

Finalmente, es necesario reconocer que el poder – comprendido desde una óptica realista- siempre representa una determinada posición en el cuerpo social.
En efecto, tener poder y especialmente, tener poder político implica el significado social, individual y simbólico de ocupar una cierta posición –más o menos visible- en el cuerpo social o en el sistema político.
En la sociedad moderna, el poder político es básicamente una combinación históricamente determinada de información, recursos y fuerza.
El poder y el poder político en particular, reside y depende cada vez más, en las condiciones de la sociedad moderna, en la calidad, pertinencia y cantidad de información disponible en el proceso de toma de decisiones. De este modo, acaso el factor esencial que hace posible la eficacia del poder político en los Estados y en los sistemas políticos modernos, reside en la creciente información de que disponen, y que es suministrada a los procesos de toma de decisiones que ejecutan las autoridades y funcionarios, como se examina en otro capítulo.

Las ideas y aspiraciones en torno al poder

¿Existe alguna relación entre el poder político y los seres humanos a los cuales va destinado, o en quienes se radica su orígen primordial?
En el trasfondo moral e ideológico del poder, y en especial, del poder político, se encuentra la Historia, con su carga pasional y decantada de patrimonio cultural e intelectual, con sus tradiciones arraigadas, con sus experiencias únicas e irrepetibles, con sus vivencias cotidianas, sus gestos y sus lecciones.
Las interacciones políticas que se producen en el seno de la sociedad y del sistema político, se nos presentan como motivadas por cuerpos de ideas, de doctrinas, de ideologías, las que resultan ser finalmente estructuradas en programas y estrategias.

La política y las prácticas del poder se motivan en intereses contrapuestos, pero se nos presentan activadas y puestas en tensión por fuerzas que son sus portadores. El encuentro y el choque de estas oposiciones de intereses, generan estados de ánimo, o climas psicológicos colectivos esencialmente dinámicos y cambiantes, y que influyen notoriamente en la toma de decisiones.

En torno al poder político y a sus manifestaciones institucionales y personales, se generan climas o atmósferas sociales, que pueden ser favorables, conduciendo entonces a la adhesión y la legitimación; o pueden ser neutrales o negativos, conduciendo a la indiferencia, al rechazo o a la resistencia.

En la realidad social y política, el poder pone en movimiento –directa e indirectamente- las expectativas y las aspiraciones individuales, grupales y colectivas, pero después tiene el desafío de intentar satisfacer las demandas, conflictos y presiones resultantes.

El poder como factor motivador
y articulador de las relaciones políticas

Desde una perspectiva realista, el núcleo central y la razón profunda que explica las relaciones políticas es el poder y los intereses que a él apuntan.
Esto quiere decir, que existe una relación profunda, casi “simbiótica” entre intereses y poder en ésta óptica intelectual: el poder es la meta última, es la razón política de fondo de los intereses en política, de manera que los intereses que mueven a los actores políticos e institucionales en la realidad, encuentran su significación última en el poder y en el poder político en especial, lo que hace que la Política pueda ser definida –desde ésta óptica del poder- como un juego complejo, abierto y dinámico de intereses motivados por el poder.
El interés del y por el poder es el interés real y objetivo de la Política.

Este criterio, permite hacer una lectura de las ideas y aspiraciones que giran en torno al poder, y sobre todo, permiten comprender el significado de las relaciones políticas.
Así, las relaciones políticas, es decir, las relaciones que se establecen entre los actores que intervienen en las arenas políticas, encuentran su justificación profunda, en los intereses que las mueven y esos intereses siempre y en última instancia, apuntan al poder. Así, las relaciones políticas son siempre relaciones de poder en tanto en cuanto, expresan relaciones para y con el poder, y porque ponen de manifiesto intereses que, en definitiva, son intereses de poder.
Las relaciones de poder que supone y establece el poder político, implican básicamente actores-sujetos que intervienen en la relación, y un conjunto de normas que las articulan y organizan, pero actores y normas así relacionados siempre operan al interior de una desigualdad.

Por cierto que aquí reaparece la noción de asimetría. En efecto, toda relación de poder es una relación social asimétrica, es decir, desigual, y por lo tanto, al interior de las relaciones de poder se manifiestan, se reproducen o se reflejan muy frecuentemente, las mismas asimetrías y desigualdades que existen en otras esferas de la sociedad. Más aún, aún no ha sido desmentida la afirmación que dice que las diferencias y desigualdades que existen en el plano material, económico y cultural de la sociedad, tienden a reflejarse en la esfera política y del poder.

Las dimensiones simbólicas
del poder

El poder sucede, inicialmente, en la mente de las personas.

El poder es una forma de relación social, pero antes que suceda ésta relación, primero se sitúa en la mente, en la conciencia y en el subconsciente de los individuos implicados en dicha relación.

El poder no es solamente lo que es, sino que también lo que las personas creen o perciben.

El poder puede percibirse, manifestarse, identificarse, pero también hay en él aspectos intangibles, que operan tanto en la esfera individual del ciudadano como en la dimensión psico-social de la colectividad.

No solo se trata de una realidad, material, objetiva, relacional; es también una realidad simbólica que reside en la conciencia y en el subconsciente colectivo e individual.

En un enfoque realista, debe reconocer que el poder no solamente existe en estructuras, organizaciones, instituciones y sistemas, sino que también se radica en la conciencia y el subconsciente de los individuos.

El poder político, se rodea de ciertos atributos exteriores que tienden a presentar a sus detentores bajo una cierta aura y una distancia superior, respecto de los ciudadanos, y que (en su sentido más psicológico-social) tiende a justificarlo positivamente y a otorgarle legitimidad.

El poder y sobre todo el poder del Estado, desde el punto de la percepción que los ciudadanos tienen de él, se constituye en uno de los fundamentos de la cultura cívica en las sociedades modernas, y una condición básica de la legitimidad política.

¿Cuáles son los atributos simbólicos del poder?

Estos atributos simbólicos del poder, y especialmente del poder político son, entre otros, los siguientes:

el sentido profundo de la superioridad de la autoridad y la ley;
el carácter sacralizado de los detentores del poder o autoridades, de donde proviene su intocabilidad física así como su posición casi inalcanzable;
la capacidad del poder para crear un universo simbólico propio, a través de la producción y re-producción una cierta verdad, su verdad, como expresión de su necesidad de control y dominación de las mentes y las imaginaciones; y
la distancia física y cultural de los detentores respecto de los sujetos o ciudadanos.

El tema de la sacralización del poder y de su relación con la verdad, ha sido evidenciado por M. Foucault, cuando afirma que “la verdad está ligada circularmente a sistemas de poder que la producen y la sostienen, y a efectos de poder que la inducen y la prorrogan”. Es evidente que las estructuras de poder y quienes detentan el poder, y especialmente el poder político, tienen la posibilidad de construir, elaborar, dominar, controlar, diseminar, intoxicar y manipular la verdad, sobre todo por su acceso a los medios de comunicación. Hay así, en el mundo de la política real, varias verdades, entre las cuales la “verdad oficial” tiende frecuentemente a alejarse cada vez más de la “verdad objetiva”.

Cuando se analiza los aspectos objetivos de la sacralización del poder, en los sistemas políticos modernos, se comprende que el poder resulta ser una realidad difusa en toda la sociedad, que no opera como una propiedad sino como una estrategia, es decir, como algo que está permanentemente en juego en el sistema político, de donde resulta que siendo el Estado el lugar principal donde éste se concentra, se trata también de un efecto de conjunto que sintetiza muchas formas de poder.

De aquí se desprende que el poder no es solamente una condición política cuya función es reprimir, ocultar o impedir, sino que también produce lo real, produce actos y hechos objetivos, decisiones y comportamientos, a través de la normalización y control invisible de los individuos.

Lo más insidioso en el poder político moderno, consiste en el hecho objetivo y subrepticio de que los ciudadanos en sí mismos no perciben inmediatamente que están siendo regulados, vigilados, controlados, ordenados por una maquinaria de poder estatal y societario.

El fenómeno de la sacralización del poder, constituye una de las realidades psico-sociales más relevantes del proceso político en las sociedades modernas. A través de él, los individuos tienden a adquirir una percepción e imagen distante y superior del poder y de quienes lo detentan y de las instituciones.

Las instituciones del poder y del Estado, a su vez, tanto por su exterioridad material como por la amplitud y fuerza del poder que sugieren, reflejan y poseen, tienden a devenir impersonales, lo que acentúa una percepción inalcanzable y todopoderosa en los ciudadanos.

Como se verá en el análisis de las instituciones y de su funcionamiento dinámico, uno de los fenómenos más notables en la Política moderna es la opacidad del poder.

¿De qué se trata, cuando se habla de la opacidad del poder? Este es un concepto que trata de describir los fenómenos de ocultamiento y distanciamiento que existe entre quienes toman las decisiones políticas fundamentales (los que mandan o los que gobiernan), y el resto de la ciudadanía. Las decisiones, en realidad, siempre se toman en instancias u órganos institucionales cerrados, a los cuales no tiene acceso el ciudadano común: el poder político así, como condición para el gobierno de la sociedad, deviene opaco, no-transparente, prácticamente invisible, lo que a su vez, contribuye a alejar aún más al ciudadano de los procesos políticos en la sociedad moderna.
De este modo, los procesos de toma de decisiones, en las esferas de poder claves o nudos decisionales principales, tienden a devenir opacos a la opinión pública o al escrutinio ciudadano, lo que de alguna forma tiende a relativizar las dimensiones de legitimidad del sistema político.

III. LA CRISIS DE LA MODERNIDAD Y LA POLITICAPresentación general

La sociedad contemporánea actualmente vive un acelerado proceso de cambios. Se trata no solamente de una época de cambios, sino que más profundamente, estamos asistiendo a un cambio de época.
El cambio fundamental que caracteriza a la sociedad contemporánea es el de una profunda y prolongada transición desde una sociedad basada en el trabajo físico, el consumo de la energía no-renovable y una cultura tradicional, a una sociedad basada en el conocimiento, la información y la cultura moderna y post-moderna.
Una de las dimensiones que más cambios está experimentando como efecto de esta transformación profunda de la sociedad, es la del campo de la Política y del poder.

Allí donde los individuos, los grupos, los movimientos, la sociedad civil, los partidos y las instituciones del Estado convergen, para resolver sus demandas, para concertar las normas que regirán el sistema de gobierno, allí los cambios que provienen de la esfera económica y cultural, están ocasionando disfunciones susceptibles de alterar todo el orden político.

En síntesis, existe un orden político inherente a toda sociedad humana históricamente determinada, y se forma en torno a él una dimensión cada vez más compleja de organizaciones e instituciones, de fuerzas y de procesos dinámicos, de interacciones y fuerzas. Existe una construcción política de la realidad, así como existe una construcción social, cultural o económica de la vida humana.

¿Porqué se afirma que existe “la construcción política de la realidad”?

Porque en la sociedad humana existe toda una amplia dimensión material y simbólica especialmente referida a lo político, en la que se resuelven las cuestiones relativas al gobierno de dicha sociedad.

Una de las hipótesis de base que sustentan a este estudio, es la afirmación de que existe una manera política de ver la realidad, de comprenderla y de insertarse en ella, del mismo modo como la Política y quienes la realizan construyen realidades (materiales e inmateriales o simbólicas) que contribuyen a enriquecer el quehacer social y el desarrollo de la sociedad.
Así como las personas aprehenden la vida social y cotidiana como una realidad ordenada, del mismo modo, el actor individual (persona, sujeto, ciudadano) percibe la realidad social como algo independiente de su propio conocimiento, de modo que cada individuo se forma una idea de la Política y lo político, como una realidad exterior a cada uno.

Lo político se nos presenta entonces, como facticidad objetiva y como significado subjetivo.

Esta dimensión política de la sociedad, sin embargo, está en crisis. Como se examina a continuación, podemos hablar de una crisis de la Ciencia Política tradicional como lectura de los fenómenos políticos, y además, una crisis de la actividad política misma.

La crisis de las lecturas tradicionales de la Ciencia Política.El paradigma tradicional de la Política, y de la Ciencia que la estudia, está en crisis.

No basta con declarar la crisis de la Política, sino que es necesario reconocer que los modelos explicativos que la Politología se ha dado para encontrar y descifrar las causas de la crisis del fenómeno político en la sociedad moderna, sino que el propio esfuerzo de interpretación científica de dichos fenómenos de cambio, aparece hoy insuficiente frente a la emergencia de nuevos fenómenos.

Ya sea que se sitúe en la óptica estructuralista, de la dependencia, del cambio revolucionario o del desarrollismo, la Ciencia Política enfocaba hasta hoy la problemática social y política, a partir de una lectura fuertemente dual o polarizada de los sistemas de poder y dominación.

La Ciencia Política moderna ha oscilado sucesivamente, entre la escuela contextualista (que veía la política como subordinada a fuerzas exógenas), como el enfoque reduccionista (que veía la política y sus instituciones como determinando el quehacer individual), o la visión utilitaria (que reducía la política a una acción gobernada por decisiones calculadas), o el enfoque instrumental (que otorgaba prioridad a los resultados de la acción), o la escuela funcionalista (que aseguraba la eficiencia de la historia).

En cualquiera de estos enfoques, la Ciencia Política moderna ha intentado entender el fenómeno político como una realidad totalizadora al interior de la sociedad y la cultura, desde la esfera de la teorización y de las elaboraciones ideológicas, hasta las dimensiones prácticas y operacionales del ejercicio del poder. Hoy es necesario reconocer que uno de los impactos más profundos de la modernidad y de la postmodernidad sobre la Política y sobre los paradigmas que la explica, es la de una realidad fragmentada y desestructurada.

Así, la sociedad y los sistemas políticos en particular, han sido percibidos tradicionalmente por las Ciencias Sociales en general y la Ciencia Política en particular, como campos o arenas de confrontación entre clases, entre poderes dicotómicos y contrapuestos, como si ciertas leyes científicas determinaran ineluctablemente el choque y el conflicto.

En la lectura tradicional y totalizante anterior, la Ciencia Política además tendía a entender el cambio social y los procesos políticos de cambio, como coyunturas lineales, fluídas y de ruptura, cuyo contenido esencial era el paso irreversible y pre-concebido desde una formación social a otra.

Se trataba entonces, de una forma de determinismo empírico e histórico, según el cual o las leyes del mercado, o ciertas clases sociales serían portadores de una vocación y una voluntad de cambio, fuertemente condicionada por la trayectoria estructural y la tendencia profunda de los acontecimientos históricos.
Está además, el problema del discurso político, o sea de la retórica y el de su doble relación: con la Ciencia Política por un lado, y con la realidad por el otro, tema que se somete aquí a un análisis comunicacional también realista y crítico.

Modernidad, política y realismo:
la política frente al paradigma de la modernidad
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En una perspectiva macro-social, la problemática de la modernidad en tanto paradigma y en tanto modo de organización de la sociedad y la cultura, se encuentra en el centro del debate intelectual que hoy tiene lugar. Mientras hay quienes hablan de una crisis de la Política moderna, otros enfatizan un cuestionamiento al propio paradigma moderno de la Política, lo que no deja de traer consecuencias para la propia Ciencia Política. Es a este último aspecto, al que se referirá este análisis.
Como se sabe, el paradigma de la modernidad (sea ésta ilustrada o instrumental), contiene una visión de la Política entendida como una función reservada y especializada en manos de una elite profesional, y que propone la racionalidad burocrática y territorial para la organización del Estado, se sustenta en la soberanía de la nación y en la primacía de la Ley y el Derecho, y postula el desarrollo de la conciencia libre y activa de cada ciudadano, de manera de producir una condición ciudadana involucrada y comprometida con la vida política.

Con la modernidad, el Estado (en cualquiera de sus formas, modelos y regímenes) tiende gradualmente a sustituirse y a sustituir a la Nación, en nombre de la eficiencia burocrática y centralizada, y de un poder político piramidal que distribuye –o intenta distribuir- beneficios y sanciones.

Esta misma tendencia, conduce a hacer de la actividad política y partidaria un negocio cada vez más mediatizado, una arena institucionalizada de confrontaciones virtuales y de acuerdos reales, un juego comunicacional de imágenes superpuestas y de retóricas “light”, que se alejan de la vida real y de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos.

Bajo el paradigma de la modernidad, y dentro de la estructura socio-política de la Nación-Estado, que es uno de sus rasgos característicos, lo que sucede en realidad es que la lógica de la Nación (que es horizontal, participativa, abierta y dinámica) tiende a oponerse a la lógica del Estado (que es vertical, burocrático, poco permeable y lento). Y las lógicas divergentes aquí, se acompañan a la configuración de intereses colectivos e individuales, que se contraponen en su búsqueda de la hegemonía.

La crítica realista al paradigma político de la modernidad, tiende a subrayar los aspectos paradójicos y contradictorios de una construcción política que termina por erigirse por encima de los sujetos a los que pretende representar. El surgimiento y expansión contínua de un aparato estatal moderno y burocratizado, no es una constatación que pueden arrogarse los ideólogos conservadores o liberales, sino que es un fenómeno histórico objetivo, resultante precisamente de la propia formación del Estado-Nación, de la incorporación de criterios de eficiencia, racionalidad y rentabilidad en la gestión pública.

La racionalidad moderna en la Política, tiende a producir una separación, una alienación del ser humano-ciudadano respecto del poder y del Estado, en la medida en que éste se arroga la totalidad de la función política, y en la que ésta se profesionaliza en manos de una elite especializada y tecnocrática.

El ciudadano común no solamente se desapega de la función pública, porque su opinión no informada importa sólo en cuanto “demandas y aspiraciones”, sino que es invitado cada cierto tiempo a dar su opinión política, dejando el resto del tiempo a la política y al poder político, en manos de los funcionarios, los gobernantes y los expertos.

Con la modernidad, la Política se desgaja en dos tiempos y en dos esferas: por un lado, el tiempo de “hacer política” en que los ciudadanos –sometidos al imperio de las comunicaciones y las estrategias políticas- eligen a sus representantes, para regresar después al “tiempo cotidiano” de sus actividades habituales; y por el otro, la esfera de la política como acción, se separa entre la “clase política” que –con sus propios lenguajes, códigos, retóricas y ceremoniales- gobierna desde el Estado, y la “sociedad civil” que –sumergida en el trabajo y la producción- parece permanecer fuera del Estado.

Desde el punto de vista de la credibilidad pública, es necesario reconocer que en la Política moderna, el ciudadano comienza creyendo y termina no creyendo.

De este modo, la crisis intelectual de la modernidad política se pone de manifiesto, cuando la apatía ciudadana se extiende en los sistemas políticos, cuando los ciudadanos se des-solidarizan de la cosa pública y de la organización social, cuando los lazos de cohesión comunitaria son reemplazados por la mercantilización clientelística de las relaciones políticas, cuando se abre la brecha social y cultural entre la ciudadanía atomizada y la clase política y gobernante, cuando el discurso político se separa de la realidad y deviene ininteligible para los ciudadanos: podría afirmarse que la modernidad aliena a la Política de los ciudadanos.

La razón política moderna parece enfrentarse así a su propio discurso, a su propia retórica: la participación colectiva que propugna, no puede llegar hasta sus últimas consecuencias institucionales; el individuo no puede realizarse ni como ciudadano solo, ni como uno más en la multitud; el poder político tiende siempre a absorver, a complejizarse y a dominar; el ciudadano –en primera y última instancia- parece tener que enfrentarse solo ante el Estado y el poder, si no quiere ser anulado por las maquinarias políticas; el cambio termina siendo conservador y la conservación siempre desencadena los cambios; la racionalidad política se hunde ante el azar y las pasiones; en nombre de la diosa Libertad, del dios Estado, del dios partido o del dios Pueblo, se instalan las dictaduras más opresivas, se cometen las peores atrocidades y se perpetran los peores crímenes e impunidades.
De este modo, la crisis de los paradigmas de la Ciencia Política, hace referencia, sin agotarse en ella, a la crisis misma de la política.

Un aspecto relevante de la crisis en cuestión, es el debilitamiento del universo ideológico-linguístico de la política –en cuanto lectura de la realidad y práctica social- ahora invadido por los lenguajes y códigos de la Estrategia, de las ciencias de la Comunicación, de la Psicología, de la Administración, de la Cibernética…

A medida que asistimos a una hora en la que los “grandes relatos” parecen desacreditados, la forma epopéyica y épica de la política y de la Ciencia que la estudia, crea una barrera epistemológica casi insalvable para referirse a la contemporaneidad e incluso a la cotidianeidad. Una contemporaneidad que, por lo demás, abjura de las tradiciones, que duda de sí misma, que se burla de la política y sus rituales ceremoniales, de sus valores y estructuras estereotipadas; y una cotidianeidad que se escapa entre los dedos de una Política referida y centrada en instituciones, normas, problemáticas complejas, juegos de poder e imágenes virtuales.
Así también, mientras el discurso político se semantiza, y se convierte en complejos dispositivos semiológicos cargados de ambiguedad y de significados equívocos, la Ciencia Política se enfrenta a la dificultad mayor de tener que operar con conceptos cargados de ideología.

La crisis moderna del fenómeno político

La Política, como práctica social y como universo simbólico, ha entrado en crisis, como una de las consecuencias de los múltiples impactos provenientes de la modernización.

Nuestras sociedades viven en plena transición hacia la modernidad y una de las formas más persistentes como se manifiesta ese cambio, es en la profunda desestructuración de la política tradicional. Como decía Marx: “todo salta por los aires…”
La percepción ciudadana respecto de la Política está cada vez más degradada y deslegitimada, y este es un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales para abarcar el conjunto de la sociedad y los sistemas políticos contemporáneos. Por lo tanto, la afirmación de que la Política, los partidos y la clase política han entrado en una prolongada crisis de legitimidad y credibilidad en la sociedad actual, no es básicamente un “argumento ideológico sesgado” –aunque pueda serlo en boca de ciertos políticos detractores de sus demás adversarios- sino que es un tópico respaldado por un cúmulo creciente de indicadores, entre los cuales las encuestas de opinión pública no son más que un factor.

La política tradicional se ha hecho no creíble, ha perdido la centralidad de su atractivo anterior.

La crisis de la Política es, a la vez, una crisis de la acción política, como una crisis de la percepción pública acerca de ella, es decir, de la cultura política.

El creciente predominio del discurso y las prácticas individualistas, y la búsqueda del éxito y la realización personal, y la notoria des-solidarización de los ciudadanos respecto de la sociedad en general y del sistema político en particular, son manifestaciones exteriores de una tendencia profunda que tiene lugar en la época contemporánea: la tendencia hacia la modernidad.

La modernidad –como tendencia estructural e ideológico-cultural dominante- se introduce en el sistema político, generando un efecto disolvente y desarticulador, de manera que las fuerzas, partidos y actores políticos tradicionales se ven enfrentados a la creciente tensión ocasionada por nuevos problemas y nuevas aspiraciones y demandas provenientes de una sociedad civil cada vez más culturalmente diversa y socialmente diversa.

Probablemente, uno de los rasgos más significativos que denotan la crisis de los paradigmas políticos, y la propia crisis de la Política (como práctica social), reside en la pérdida de su anterior centralidad en los procesos sociales.

En efecto, la Política aún cuando continúa siendo uno de los procesos sociales y culturales relevantes que tienen lugar en una sociedad histórica. Sin embargo, como efecto e impacto de la modernidad, ella ha perdido su centralidad siendo aparentemente sustituída por otros liderazgos, otros intereses ciudadanos, otras formas organizativas y comunicacionales, y se ha convertido gradualmente, en objeto de crecientes críticas generando una percepción social negativa en torno suyo.

Probablemente lo más serio es que la Política, y por ende, la clase política, parecen dejar de ser el mecanismo único, seguro y válido de resolución de los problemas y las demandas de la ciudadanía, siendo parcialmente reemplazada por la Economía y la Administración.

Esta transposición da como resultado que la Política pierde su atractivo mediático ante las multitudes, así como su capacidad de convocatoria social: los ídolos y líderes que atraen a los grandes colectivos modernos –cuando ellos existen realmente- ya no son los dirigentes políticos, y los símbolos políticos e ideológicos dejan de tener un poder de evocación y de representación simbólica significativa.

La Política –como forma de pensar la sociedad- parece desvanecerse en el universo mediático, sustituída o relativizada por otros universos simbólicos y valóricos. La política, en la crisis de la modernidad, pierde la centralidad que ocupaba anteriormente en la sociedad tradicional, del mismo modo como parece desvancerse el “sujeto político”.

Tampoco resultaría científico atribuir éste fenómeno a la exclusiva responsabilidad de “los políticos”, por más que sobre ellos cae una nebulosa de descrédito moral.
La crisis de la Política, es en realidad, la crisis de la política tradicional, y ella traduce en el plano de las instituciones y de los procesos políticos la crisis general que acompaña a la transición desde una sociedad anteriormente basada en valores y formas tradicionales de hacer política, hacia una sociedad en la que predominarían códigos, valores, modelos y formas organizativas modernas.

Aquel paradigma tradicional que hacía de la Política una actividad a la vez, elitista y masiva, basada en el contacto directo y paternalista entre el político y la ciudadanía, en grandes movilizaciones masivas evocadoras de la unidad de la nación, la clase o el partido, que generaba relaciones de dependencia y cooptación entre la clase política –otorgadora de bienes, servicios, favores y privilegios- y la ciudadanía –demandante y receptora de los beneficios que descendían desde las esferas políticas y del poder- en términos de clientelismo y caciquismo, ese paradigma está siendo gradualmente barrido o superado por una Política moderna o con rasgos modernos basada principalmente en los efectos mediáticos y de imagen, en la capacidad individual del político para alcanzar cobertura y presencia comunicacional, en la profesionalización de la actividad política y dirigente, en la ingeniería de escenarios políticos virtuales, potenciados por la aceleración del tiempo, por el manejo de la comunicación y sus contenidos, y por la circulación instantánea de la información, de manera que ésta última deviene el poder.
Lejos debe estar hoy el Cientista Político de anunciar el fin de la Política como arte y como ciencia. La Política no desaparecerá porque forma parte de la realidad social. Una de las hipótesis centrales en que se sustenta este estudio, afirma que existe una manera política de ver y aprehender la realidad, y que dicha manera política se traduce en formas de pensar y de actuar, que constituyen la distinción o el rasgo característico del quehacer político en la sociedad.

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El punto de partida de lo que podría llamarse una “arqueología de la Ciencia Política moderna” se encuentra en la Grecia clásica y en los pensadores de la Roma republicana e imperial.

la polis griega como marco estructurante inicial de la política

La realidad política griega de la Antiguedad aparece marcada por la existencia de la polis, una unidad política constituida por la ciudad y sus alrededores inmediatos.  La polis como forma del ordenamiento político, la esclavitud como realidad socio-económica y cultural aceptada por todos y la noción de la ley, como estructura conceptual y jurídica que regula el funcionamiento de la vida política, constituyen el trasfondo sobre el cual se plantean el pensamiento político de la Grecia clásica.

Es necesario subrayar aquí la diferencia fundamental que presentan la “experiencia democrática” ateniense y la “experiencia autocrática” espartana.

Así, por ejemplo, la democracia ateneniense se construye (mediante los aportes de Pericles, Heródoto, Tucídides, Esquilo, Sofocles, Eurípides, Jenofonte, Aristófanes), a partir de la idea de la combinación de la isocracia (la igualdad en la participación en el poder), con la isonomia (el Estado donde la ley es igual para todos) y la isogoria (la igualdad en la participación en los asuntos públicos).  La experiencia política de la polis griega clásica y, en particular de la democracia ateniense, se sustenta en la ficción de la igualdad política (la igualdad de algunos, los propietarios, los nobles, los poseedores de la tierra), y de la ficción de la igualdad social (que oculta la realidad brutal de la esclavitud) y del gobierno del pueblo.

Como resultado de esta desigualdad de base y de esta igualdad política, la libertad en la política griega antigua es la libertad de los griegos frente a los bárbaros.    Una libertad política que se define como obediencia a la ley igual para todos, y como albedrío frente a las imposiciones exteriores a la conciencia individual.  “La libertad consiste, por otra parte, consiste en el hecho de que cada uno es libre de vivir a su gusto…” escribirá el historiador Tucídides.

Al mismo tiempo, la soberanía de la ley sobre la arbitrariedad del gobernante, constituye un hallazgo común a todas las polis griegas, y cada una de las cuales ordenó su articulación con la realidad política, incorporando en mayor o menos escala el rol influyente de los dioses y de la naturaleza en el quehacer humano.

presentación

octubre 15, 2006

AULAS es un blog de contenidos pedagógicos y académicos destinado a presentar Esquemas de Clases, Apuntes y otros Materiales de Estudio para las disciplinas asociadas a las Ciencias Políticas, la Sociología, la Metodología de la Investigación y las Relaciones Internacionales.